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jueves, 27 de noviembre de 2008

INTOLERANCIA (Capítulo V y final)

Texto: Jordi Jiménez Aragón Foto: Kinderash (cc) flickr

A estas alturas no negaré que después de varios capítulos de Intolerancia me he quedado bastante descansado. ¡Qué quieren que les diga! A veces, uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, y un poco de limpieza mental nunca está de más.

Intolerancia me ha servido para purgar algunos fantasmas de los que no pienso hablar aquí y ahora, pero también me ha ofrecido nuevos interrogantes, nuevos horizontes, nuevos retos. A lo largo de estos artículos, tal vez llamados demasiado pomposamente “capítulos”, he repasado algunas cosas que me reconcomían el corazón. Seguro que faltan muchas, y que incluso algunas cosas que me fastidian tanto no son tan graves realmente como a mí me lo puedan parecer. Lo siento. Soy humano, como espero que lo sean también ustedes. Y como humano, cometo errores continuamente. De hecho, una serie enormemente estúpida de errores increíbles con consecuencias gravísimas es lo que hace que ustedes lean estas letras, pero como les decía antes, no es ni el momento ni el lugar de tocar tan delicados temas, aunque tal vez… Tal vez no sea tan mal momento ni tan mal lugar para hacer un pequeño ejercicio de mea culpa, y apuntar por una vez el dedo acusador hacia mí mismo, pero en relación con el título de la serie que hoy acaba.

Porque, vamos a ver: ¿no me habré convertido yo en un intolerante de la peor calaña al ir señalando las intolerantes actitudes del mundo en general y de las personas en particular? De hecho ¿quién narices me creo que soy para ir diciendo a la gente lo que es bueno o es malo? Bueno, tal vez pueda servir como pequeña disculpa que en el fondo jamás intenté tal cosa. Quiero decir que no pretendí ser ninguna brújula para nadie, para bien o para mal. Amparado en los buenos deseos y oficios de Álvaro, sólo quise que mi voz (y mi letra) fuera oída (y leída). Lo más probable es que la mayor parte de los que me hayan leído, mis compañeros internos (eufemismo penitenciario para no decir la palabra “preso”, bastante más cruda) y ustedes que están en libertad se hayan formado una idea de mi, y es hasta posible que no sea demasiado buena. No se les puede culpar por ello. Está en la naturaleza humana el desconfiar de las cosas que parecen demasiado fáciles, demasiado obvias, demasiado al alcance de cualquiera que simplemente alargue la mano. Es la maldición de Eva en el paraíso, al coger la manzana del bien y del mal, que nos acompaña lo queramos o no.

Nada que uno haga o deje de hacer es impune, todo tiene su consecuencia, visible o no. Incluso cuando uno escribe, el simple hecho de escribir no es gratis. Todo tiene un precio. Pero, atención, hay que estar dispuesto a pagarlo, porque también es propio de la naturaleza humana, en un estado bastante primitivo, huir cobardemente ante la mínima señal de peligro. Se llama instinto de supervivencia. Pero puede trascenderse, puede intentarse que el primitivo y animal instinto de supervivencia individual abarque un círculo más amplio, y se haga colectivo. Tal vez sólo abarque a la familia de uno, tal vez a la familia y amigos. Los muy altruistas trazarán un círculo enorme, en el que entre mucha gente, y por ese altruismo pondrán por delante el instinto de supervivencia grupal en lugar del individual.

Les invito a la reflexión. Yo mismo no paro de hacerlo, lo que puede sembrar la duda sobre la bondad de mi estado mental, pero no es esa la cuestión. A lo largo de cuatro artículos me he ciscado en todo lo que me he querido ciscar (si me permiten el eufemismo), y llega la hora de pensar si no tendré que ciscarme sobre mí mismo, como medida de humildad, y empezar a pensar que la tolerancia bien entendida empieza por uno mismo, por escuchar de vez en cuando a los demás y pensar en algunas de las cosas que dicen. Tenemos con frecuencia la tendencia a menospreciar algunas cosas que oímos por el simple hecho de venir de otras personas. Las ninguneamos, nos auto-otorgamos poderes de verdad absoluta… Está bien quererse a uno mismo, y tener una dosis apropiada de amor propio, pero el exceso… Seguro que me entienden.
Ayer fui a una charla-fórum. Nos pusieron una película (El gran dictador, de Chaplin), tras la cual se inició un debate, a propuesta del educador. Y recibí una lección. Una soberana lección. Tuve el buen criterio de no abrir la boca, y asistir sólo como espectador, y escuché tonterías (algunas) y muchas cobardías, personas que decían obviedades sin ningún interés para ocultar sus sentimientos. Hubo algunas formas que no me gustaron, aunque ninguna llegó a cotas elevadas de incorrección. Hubo pasión. Tanta que en un determinado momento, un compañero, al que ni por su lenguaje ni por sus formas se le puede atribuir un nivel educativo siquiera en la media, tomó la palabra y con pasión, pero con respeto, vertió sus opiniones.

Yo, que casi nunca permanezco callado, me agradecí a mi mismo haberlo hecho en aquel momento. Fue también entonces cuando recordé un antiguo proverbio chino, no sé si de Confucio o de algún otro, que dice, poco más o menos: «Si quieres aprender, no preguntes. Escucha.»

Y es que aquel hombre, sin pretenderlo en absoluto, me ofreció algunas claves. Nos pasamos la vida buscando respuestas, y a la vista de cómo ha ido mi vida, y la de tantos otros presos, cada una con sus pequeñas y grandes tragedias, pero todas con el denominador común de haber cometido delitos, haber causado grandes y pequeños daños, y haber acabado finalmente en prisión, me asalta la duda de si en lugar de buscar respuestas no deberíamos cambiar de estrategia y comenzar a plantearnos las preguntas correctas. Digo esto porque me temo que mis males particulares, y tal vez (sólo tal vez) los de tantas otras personas provengan de ese error. Nos planteamos las preguntas que no debemos y la búsqueda de las respuestas comienza viciada por ese defecto. No importa qué encontremos al final del camino. No nos servirá.

Todo lo que les escribo me ocurrió ayer por la mañana. Pasó el día. Pasó la tarde y la noche. Dormí. Me he despertado esta mañana, ya saben, ese pequeño milagro cotidiano, y me he visto incapaz de hacer nada útil, sin saber por qué. Me he puesto a escribir, y poco a poco el día ha comenzado a levantarse, aunque estemos ya a mediodía. Y justo entonces, o sea, justo ahora, me pregunto si la tolerancia que busco y predico no comenzará por empezar a tolerarnos a nosotros mismos, como paso previo, como requisito para comprender, entender y tolerar a los demás.

Gracias a todos por estar ahí, al otro lado de la pantalla. Gracias a los que han colgado sus comentarios. Intolerancia se acaba, pero yo seguiré escribiendo con alguna frecuencia. No hay alternativa: si no escribo, me echan de la actividad. Ahora en serio, ha sido un placer inesperado encontrar este ámbito de libertad de expresión. Creo poder asegurar sin miedo a equivocarme que ha sido lo mejor que he vivido, hablando penitenciariamente, a lo largo de más de siete años de prisión. Gran parte de la culpa la tiene Álvaro, pero todos ustedes son cómplices y, según el Código Penal, merecen igual castigo que el autor: mi agradecimiento. Hasta la próxima.

Temas Relacionados

Intolerancia I
Intolerancia II
Intolerancia III
Intolerancia IV

miércoles, 29 de octubre de 2008

INTOLERANCIA (Capítulo IV)

UNA DE VALIENTES

Texto: Jordi Jiménez Aragón Imagen:diegonavarro.org cc flickr

He comprobado que algunos de ustedes han leído los tres “capítulos” anteriores de Intolerancia, gracias a algunos comentarios recibidos. Muchas gracias. Tiene más importancia de lo que pudiera parecer a primera vista. También mi/nuestro blog-master, el paciente Álvaro, me hizo recientemente una interesantísima puntualización: había recibido comentarios de algunos de ustedes referentes a que, si bien entraban en el blog y leían sus contenidos, pocas veces dejaban comentario o mensaje alguno. Muchas veces por timidez (me da corte), otras por compasión (¿qué les puedo decir a personas carentes de libertad?) y otras… no lo sé, tampoco importa demasiado. Sus comentarios y mensajes sí que importan. Y mucho. Sobre todo, mucho más de lo que usted, amable lector, puede llegar a creer. Si me lo permite, me explicaré un poco.

En los tres primeros capítulos he abordado aspectos de la intolerancia en los que yo mismo (y por extensión, las personas que cumplimos condena y que por ello nos encontramos en prisión) me he puesto en un papel digamos que de víctima. En algunos aspectos lo soy, lo somos. Bueno, de un modo u otro todos, libres y presos, somos víctimas de una Administración ineficiente. Algunos más que otros, eso es cierto, pero nos toca a todos. Lo que ocurre es que la situación de privación de libertad, contrariamente a lo que refleja la ley (las personas condenadas gozarán de todos los derechos no limitados por su sentencia, en igualdad con el resto de la población), establece un status de inferior categoría efectiva, quiérase o no. Pero ese es otro tema, y más de uno argumentará que “nos lo hemos buscado”, y tal vez no le falte razón. Yo creo que ese es el punto central de este cuarto capítulo de Intolerancia: ¿nos lo hemos buscado?

Me preocupa la intolerancia de los grupos de hinchas de fútbol radicales. Me preocupa la intolerancia de la sociedad que clama venganza en lugar de justicia y confunde ambos términos. Por último (hasta ahora) me preocupa la inoperancia en que se encuentra la Administración en general, y la de Justicia y Penitenciaria en particular, por la falta de recursos reales, como “respuesta” a las políticas gubernamentales (tanto la estatal como la autonómica) sobre materias con poco “eco” electoral.

¿Y qué hay de nosotros, los delincuentes y presos?

Muchos delincuentes (más tarde o temprano serán también presos) justifican —o justificamos, tampoco voy a excluirme expresamente, como si no fuera conmigo— sus acciones, sus delitos, bajo la apariencia de que ellos son en realidad “víctimas” de una sociedad injusta, en la que reinan la insolidaridad, el egoísmo, la marginación social y económica de determinados colectivos de personas y la desigualdad de oportunidades. Todo ello es cierto, y no sólo en parte, sino absolutamente cierto. Pero no es menos cierto que si tal situación fuera tan generalizada como algunas voces pretenden hacer creer, prácticamente toda la clase obrera estaría inmersa en la delincuencia, y no es así. ¿Me equivoco? Incluso en barrios históricamente tan pretendidamente peligrosos como el Barrio Chino de Barcelona, o La Mina, en Sant Adrià (por poner sólo un par de ejemplos conocidos por todos, aunque hay muchos más), los índices de delincuencia, siendo más altos que en otras zonas más “pacíficas”, son minoritarios. Permítanme explicarme mejor. En ningún caso, en ningún barrio, el índice de delincuencia alcanza cotas del 40%, 50%, 60%, o porcentajes superiores. Ello implica que a pesar de todos los pesares, de la desigualdad económica y de oportunidades, de la marginación social, de la escasez de equipamientos de todo tipo en relación con otras zonas no marginales, la mayor parte de la población de dichas zonas es capaz de vivir de forma honrada, sin tener que recurrir a la delincuencia. Si en un determinado barrio o entorno el índice de delincuencia es de, supongamos, el 20%, que sería altísimo, una lectura alternativa nos dice que el 80% de la población de ese barrio o entorno es capaz de vivir honradamente, sin tener que delinquir.

¿Qué hace delincuente a un delincuente? Por supuesto, la droga, que es uno de los factores más importantes. Pero en prisión he tenido ocasión de conocer a muchos delincuentes que no son consumidores de droga, al menos, no de forma habitual. Es cierto que muchos caen en la delincuencia por procurarse los medios con qué adquirir droga, pero también es verdad que no son la mayoría, a pesar de que muchos están interesados en hacerlo creer. ¿Por qué motivo pueden tener tal interés? Un motivo es jurídico: conseguir la atenuación de la pena, pero no es el único, créanme.

Yo soy de la opinión que detrás de todo comportamiento humano hay un trasfondo psicológico, más o menos bien o mal estudiado. En otras palabras, las cosas que nos motivan a hacer o no hacer eso o aquello. Y también soy de la opinión de que en muchos delincuentes existe un factor psicológico que es común a un gran número, prácticamente a todos: la falta de paciencia y el deseo de éxito fácil y, sobre todo, rápido.

Déjenme poner un sencillo ejemplo. Quien puede pagar un recibo a la financiera o al banco de un determinado importe mensual para comprarse un coche podría también ahorrar ese dinero durante equis años y comprar el coche al contado ¿no? El aumento de precio del coche quedaría compensado, a grosso modo, por la falta de intereses a pagar a la financiera o banco y un adecuado aumento de la porción de nuestro salario, en función de la tasa de inflación, que dedicamos al ahorro para poder comprar el coche. Pero todo eso tiene un serio inconveniente para casi todo el mundo: tener que esperar cuatro o cinco años hasta poder comprarnos el coche. Eso es mucho tiempo. Por ello, casi todo el mundo (los millonarios existen, pero no abundan) necesita financiar la compra de su automóvil, a través de una financiera o un banco.

Pues bien, un delincuente es alguien que ante la disyuntiva de ahorrar para comprarse un automóvil (y no pagar intereses pero afrontar la inflación) o comprarlo inmediatamente pero a través de una financiación (con ahorro de la inflación futura, pero asumiendo el pago de intereses), tira por la vía de en medio: o bien roba el coche, o bien atraca un banco para comprar el coche al contado.

¿Cuál es la principal diferencia entre el delincuente y el honrado ciudadano que debe decidir si financia o no la compra de su automóvil? El ciudadano honrado espera pacientemente unos cuantos años (si escoge la vía del ahorro) o se compromete con un tercero durante otros tantos años (el banco), a cambio de disfrutar del automóvil de sus sueños. El delincuente no puede esperar, ni quiere comprometerse durante demasiado tiempo. Como el delincuente forma parte de la sociedad tiene las mismas necesidades que cualquier otro miembro de la misma, pero no puede o no quiere afrontar la satisfacción de esas necesidades en la forma en que se acostumbra a hacer por la mayor parte de la masa social. No puede esperar. No quiere comprometerse. No está dispuesto a vender su esfuerzo diario por un salario frecuentemente más bajo de lo que se merece, ni a levantarse cuando aún es de noche para acudir a un puesto de trabajo, o aceptar órdenes de un jefe.

La mayor parte de los delincuentes pertenecemos a sectores sociales que no gozan de buena parte de los beneficios que la sociedad nos ofrece. De los pobres, para entendernos. Cierto es que aún en los ricos hay delincuentes, pero son siempre hechos puntuales, la excepción que confirma la regla. Y aunque también abundan los delincuentes de clase media, hay mucha más distancia actualmente entre la clase media y la clase alta que entre la media y la baja. Se podría decir que la clase media está compuesta por una especie de “pobres favorecidos”. Pero, repito, no es objeto de mi atención en este cuarto capítulo el aspecto social de la delincuencia, aunque reconozco que habría tema para mucho más de un capítulo.

Muchos presos hablan frecuentemente de los beneficios penitenciarios (en sentido amplio, los permisos, el tercer grado y la libertad condicional) como de “lo que les pertenece”, como si hubiera una obligación por parte de la Administración penitenciaria de conceder esos beneficios. Los presos que argumentan así están equivocados en más de un aspecto. Por otra parte, en todo el proceso penal (detención, investigación, juicio, sentencia y cumplimiento de la condena) hay una parte mucho más olvidada de lo que podría parecer a primera vista, que no es otra que la víctima.

Ante un delito, toda la maquinaria penal se apresura (es un decir) a conseguir una condena, y con ella, alejar al delincuente de la calle, convirtiéndolo en un preso. Se reconoce el daño que ha hecho, pues para ello se le impone la pena, pero con frecuencia se olvida a las víctimas. Se llega a suponer que con la condena han quedado satisfechas, o por lo menos, tendrían que haber quedado satisfechas.

Creo que el asunto central de la cuestión es ese. Por una parte, una serie de personas deciden que no quieren esperar, ni someterse a determinadas circunstancias (trabajo, disciplina, esfuerzo, etc.) para conseguir lo que anhelan, ya sea droga, dinero, lujos o una vida llena de emociones. Por ello, deciden que deben cometer delitos y los cometen. Pero todo delito comporta un abuso, y con el abuso una víctima, o varias. Se persigue el delito, se enjuicia y se castiga, pero nadie se ocupa de la víctima una vez concluido el proceso. Si ese proceso fuese eficaz, si las cárceles cumplieran con la función que la Constitución y las leyes le confieren, y se dedicasen a rehabilitar presos y a reinsertarlos como personas en la sociedad en que cometieron sus delitos, podríamos decir que las víctimas pueden darse por satisfechas con las condenas conseguidas.

Pero desgraciadamente no es así. Nadie puede asegurar a una víctima que no volverá a serlo, ya que el índice de reincidencia de los delincuentes es elevado. Pocos se “conforman” con un delito en su vida. Y recordemos que todo delito conlleva al menos una víctima. Por tanto, es fácil identificar reincidencia, en el sentido de varios delitos, con varias víctimas. La reflexión que de esta problemática le corresponde a la sociedad y a la Administración penitenciaria ya quedó bastante reflejada en el capítulo III anterior. Ahora corresponde ver la otra cara de la moneda.

¿Cuántos delincuentes son capaces de entender que sus actos —los delitos—generan desconfianza, miedo y dolor? En ocasiones escucho el argumento de algún ladrón: “yo no he matado a nadie”, como si robar fuera un hecho sin gravedad. Es cierto que robar es de mucha menor gravedad que matar o violar, por ejemplo, pero quitarle toda importancia es negar la realidad de las cosas, pretender que los actos de uno son justificables ante todo el mundo.

Muchos presos asumen la responsabilidad de sus actos, es cierto, pero no lo es menos que en seguida que pueden reclaman sus “beneficios” penitenciarios, para así volver a la calle lo antes posible, a la libertad. Me pregunto para qué. ¿Para volver a cometer más delitos, generar más víctimas, más dolor, más miedo

La falta de empatía en el comportamiento social del delincuente prototípico es legendaria. Un delincuente es casi siempre alguien que sólo piensa en sí mismo, sin importarle demasiado las consecuencias que sus actos tienen para los demás, incluido las más de las veces su propio entorno. Efectivamente, muchos delincuentes proceden de entornos “normales”, en los que no hay delincuencia, y con su comportamiento hacen sufrir a la sociedad en su conjunto, a sus víctimas, pero también a sus familias y allegados.

Algunos delincuentes no comprenden en toda su extensión el daño causado por mucho que pasen los años. Por fortuna, el paso del tiempo hace que la mayor parte de delincuentes se “calmen” y paulatinamente abandonen el mundo del delito. Pero el daño que se ha hecho queda hecho, y en la gran mayoría de ocasiones es irreparable. No solo el asesinato o la violación ocasionan daños irreparables. Un robo aislado tal vez pueda ser inofensivo, pero en muchos casos los robos no se producen aisladamente. Que se lo expliquen a las joyerías, por ejemplo. Todo delito genera un cierto grado de indefensión en la víctima, mayor o menor en función de distintas variables, y ni siquiera una actuación policial y judicial rápida y efectiva pueden paliar todos los efectos negativos del delito cometido, ya que las actuaciones policiales y judiciales, por veloces y eficaces que sean, son siempre post-delictuales, una vez que el daño ya se ha hecho, y aunque éste se repare, aunque la herida llegue a sanar, no podemos olvidar que toda herida deja una cicatriz.

Todo eso es lo que el delincuente no tiene en cuenta y olvida a la hora de cometer sus delitos. Olvida a las víctimas, a las directas y a las indirectas. Olvida el miedo que genera con sus actos, que obliga a mantener puertas cerradas en pueblos en los que hasta hace poco era costumbre dejarlas abiertas a los vecinos, o a instalar rejas en las ventanas de las casas hasta hacerlas parecer cárceles para gente honrada, por no decir de la alteración de las costumbres de las personas, como pasear con el bolso bien sujeto y siempre del lado de la pared, nunca de la calzada, de la calle.

La actividad delictiva origina que la parte honrada de la sociedad modifique sus comportamientos generales. Eso tiene un nombre, y el nombre es miedo. El grado del miedo es variable según el tipo de delitos y otros factores, pero lo que ningún delincuente debería olvidar es que por mucho que se repita a sí mismo que lo suyo no es tan grave porque “no ha matado a nadie”, la sociedad le tiene miedo. Tal vez a alguna mente enferma le guste ser temido por los demás, pero estoy seguro que a casi todo el mundo le gusta más la idea de ser amado, o cuando menos, respetado, en lugar de inspirar miedo.

¿Es otro producto de la intolerancia esa actitud, más o menos general, de los delincuentes? Yo creo que sí. Seguramente, quien lea estas líneas no haya cometido jamás ningún delito, o al menos, no ha merecido nunca entrar en prisión para cumplir condena. Le felicito, siga por ese camino. Pero tal vez, sólo tal vez, algún delincuente en activo, quizás alguno de mis compañeros, o algún antiguo delincuente, felizmente ahora en libertad, lea esto. No pretendo que nadie esté de acuerdo conmigo. No pretendo iniciar ningún foro de discusión. No deseo intercambiar puntos de vista u opiniones. No. Se trata de algo distinto. Como dije ya en algún artículo anterior, este blog supone, al menos para mí, una válvula de escape que alivia la presión que día a día se acumula en mi interior. Hay cosas que necesito decir en voz alta, pero sospecho que a nadie le interesa escucharlas, al menos en el patio del módulo, y si alguno me presta alguna atención sospecho que será para, a continuación, venirme con alguna petición de su interés, no con el ánimo de intercambiar ideas. El egoísmo humano alcanza cotas inimaginables en prisión. Si yo les contara algunos ejemplos… ¿Ven? Probablemente dedique un artículo a explicar algunas anécdotas carcelarias que harían reír a más de uno, aunque en el fondo son más bien dignas de compasión. En fin…, a lo que iba, no pretendo descubrir un nuevo continente, ni la vacuna contra la estupidez, ni la verdad sobre el misterio de la vida. Sólo abro un poco la espita de mi caldera para aliviar un poco la presión y con ello evitar que explote. Si no existiera este blog tendría que buscarme otras soluciones. Bueno, ya lo hice en el pasado. Pero estamos en el presente, y este blog existe, y, fíjense, me dejan escribir en él.

De forma que escribo, en primer lugar, para mí mismo. Pero también para usted, amable lector o lectora, y con ánimo egoísta o altruista, le hago partícipe de algunos pensamientos. Estaría bien, estaría muy bien, que a través de estas líneas usted pensara algo sobre ellas. El ¿qué? no importa tanto, ni siquiera el ¿cómo? o el ¿cuándo? Yo creo que es más importante el ¿por qué? Y se me ocurren algunas alternativas de respuesta. En primer lugar, porque tal vez jamás se paró a pensar antes sobre el tema que propongo. O si se paró a pensar, lo hizo desde un punto de vista distinto. Las mejores perspectivas sobre cualquier cosa se obtienen después de analizar y probar distintos puntos de vista, y escoger finalmente el que mejor se ajusta a nuestros deseos ¿no? En todo caso, pensar nunca hizo daño a nadie, y tal vez sea el inicio de algo, llámelo usted como desee.

Tal vez después de pensar, si aceptó usted mi invitación a hacerlo, llegue a obtener sus propias conclusiones, ya sean provisionales o definitivas, y que pueden estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que he expresado en este artículo. Bien, sea lo que sea, pruebe a entender esto: si yo hago el esfuerzo de hacerle llegar, en la medida de mis posibilidades, lo que pienso acerca de algo… ¿por qué no intenta usted hacer un esfuerzo semejante? ¿Por qué no me comunica lo que piensa? ¿Por qué no nos permite a todos compartir sus opiniones como yo, o el resto de compañeros que escriben en este blog, hacemos con todos ustedes?

Sus opiniones son valiosas. Entiéndanme. No busco elogios. No busco compasión. No busco ni siquiera empatía. Busco conocer su opinión sobre el tema que planteo, o sobre cualquier otro de su interés. Si usted leyó los distintos capítulos de Intolerancia, ¿por qué no ha de poder decírmelo? Y si en lugar de dejar un comentario prefiere hacer un artículo o reflexión propia, hágalo. Álvaro lo aceptará encantado y lo publicará. Hagamos del blog un lugar de encuentro, un foro de exposición de ideas, un lugar en el que nos encontremos personas libres y personas en prisión. Existen limitaciones, es cierto. Bueno, pues luchemos contra ellas, en forma de no dejarnos vencer por ellas. Un blog como este, en el que sólo se expongan opiniones, por diversas que sean, desde un solo lado, corre un riesgo real y cierto de caer en la endogamia, en la autocomplacencia. Debemos luchar contra ese riesgo. Además, existe otra razón de peso…

¿No se dan cuenta, personas en libertad que entran a leer escritos diversos de personas carentes de libertad, que esta es una de las mejores formas de acortar distancias entre delincuentes y víctimas? Si un delincuente es alguien que no conoce, no entiende, no respeta o no le importa lo que piense y sienta su víctima, pasada, actual o futura, será mucho más propenso a reincidir.

Estamos ante una ocasión única, y las ocasiones existen, sobre todo, para aprovecharlas. Dígannos lo que sea, sobre lo que sea. No escriban sólo para decir que están de acuerdo, o que se solidarizan con nosotros. ¡Qué narices! Hagamos de este blog algo vivo, que permita el crecimiento interior de todos los que participen en él, sin importar desde que lado sea, desde dentro o desde fuera. Ahora mismo, no se me ocurre nada más útil para entendernos mejor entre todos nosotros. Tenemos la posibilidad. Aprovechémosla. Puede llegar a ser frustrante escribir para que sea el compañero que está al lado el único que opine sobre nuestro artículo.

Además, la mutua comprensión, la mutua colaboración y el intercambio de ideas y opiniones son también, a mi modo de ver, las mejores armas posibles en la lucha contra la intolerancia, sea cual sea su origen o su destino. ¿A qué sí?

Fin del capítulo IV

Temas relacionados:

Intolerancia (Capítulo I)
Intolerancia (Capítulo II)
Intolerancia (Capítulo III)
Intolerancia (Capítulo V y Final)


miércoles, 15 de octubre de 2008

INTOLERANCIA (Capítulo III)


Texto: Jordi Jiménez Aragón Foto: adapar cc flirck

Espero no parecer demasiado pretencioso, pero tal vez alguno de ustedes habrá leído mis anteriores artículos, los “capítulos” I y II de una serie de ellos (no sé en qué número se acabará, así que mejor no me pregunten), con el denominador común de su título: “Intolerancia”. Bueno, si usted, amable lector o lectora, no lo ha hecho, puede optar por leerlos antes o después de éste, o no hacerlo. Nada es mejor ni peor, pero si alguien me preguntara qué opino yo sobre el asunto, creo que es mejor leerlos, siempre y cuando el lector o lectora tenga interés en conocer una opinión ajena, la mía, sobre diversos aspectos del ser humano que tarde o temprano inciden en la tolerancia que nos tenemos, o lo que es peor, en su falta.

El artículo anterior quería ser una reflexión personal sobre algunos aspectos de la venganza, sobre todo en relación con su uso, por así decirlo, “fraudulento”, en el sentido de pretender alcanzar la venganza a través de la justicia, cuando en principio deberían ir siempre por caminos separados. Las víctimas de los delitos que cometemos los delincuentes desean frecuentemente vengarse de nosotros, con expresiones que nos suenan tan familiares (y por desgracia frecuentes) como “que se pudra en la cárcel”, “que cumpla íntegramente su condena” o “que nunca más vuelva a pisar la calle”.

Pretender estas cosas, entendiendo toda la carga de dolor y rabia que puede haber en tales expresiones por parte de quien las profiere, es pretender que no se apliquen las leyes actualmente en vigor, o peor aún, que se apliquen mal. Porque, créanme, les hablo por propia experiencia, es mucho peor y más dañina una ley mal aplicada que una ley que no se llega a aplicar. Es fácil de entender. Ante una ley no aplicada, se puede exigir su cumplimiento por diversos sectores sociales, empezando por los afectados. Pero ante una ley mal aplicada se puede producir el efecto en gran parte de la sociedad de que la ley “se está aplicando”. Dando por sentado que la gran masa de la población sólo tiene conocimientos jurídicos elementales, y que además cada uno de nosotros tiene sus propia noción de lo que es justo y lo que no, es relativamente fácil que gran parte de la población crea que una ley que se aplica está bien aplicada, y por tanto no reclame su puesta en marcha.

Reconozcámoslo. Nuestra percepción del mundo y de la vida es individualista. Si usted tiene salud y trabajo, y su familia no sufre grandes dramas, sino que su vida pasa por los altibajos normales y corrientes en el devenir humano (penas y alegrías, algunas enfermedades, un poco de buena suerte en algunas cosas y otro poco de mala suerte en otras, pero en general, nada grave ni fuera de lo normal), usted puede darse por bastante satisfecho. Que las leyes se apliquen mejor o peor, mientras no le toque a usted de lleno y su vida sea relativamente cómoda, “se la trae al pairo”. ¿Verdad que sí? Pues eso.

Otra cosa bien distinta es cuando uno se encuentra prácticamente de bruces con un problema serio. Las diferencias de criterio con la Administración (y no le digo nada si son con Hacienda, ahí sí que hay miedo de verdad ¿eh?) son fruto de sinsabores, penas y alguna que otra tragedia familiar. Esa licencia que no se consigue, esa multa de tráfico con retirada de carnet, esa lista de espera de meses para una operación de vida o muerte… Por no hablar de las diferencias entre particulares, disputas entre vecinos por un “quítame-esa-humedad”, o un “yo-no-pago-la-reparación-del-ascensor-porque-vivo-en-un-bajo”, o tantas otras…

Pero cuando uno topa con la justicia exclama lo mismo que Don Quijote le dijo a Sancho Panza: “Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”. Sustituya iglesia por justicia, y échese a temblar.

Justicia funciona mal. Tanto para las víctimas como para los delincuentes. ¿He dicho que Justicia funciona mal? Miento. Me he quedado corto. Justicia NO funciona. Tiene narices que el Estado sea capaz de hacer su declaración de renta, o la mía, o la de cualquier otro español, sin que usted le dé ni un solo dato (hasta ese punto nos conocen y nos tienen controlados), pero no sean capaces de ejecutar sentencias firmes de ingreso en prisión o garantizar en un juicio que una víctima no tenga que enfrentarse cara a cara con su agresor. El desinterés (no cabe llamarlo de otro modo) del Estado hacia la Justicia es más que evidente. Allí donde genera ingresos y recauda impuestos, la gestión administrativa estatal es perfecta, repito: p-e-r-f-e-c-t-a. Es más: es modélica. Claro. Como que si no cobran “comme il faut” ya me explicará usted como van a poder cobrar esos sueldazos. Pero Justicia no genera ingresos, más bien al contrario.

Aunque eso no es lo peor, qué va, ni mucho menos…

El desinterés hacia la justicia tiene una base psicológica y, si me apuran, hasta sociológica. ¿No es cierto que la sociedad quiere que los delincuentes “se pudran en prisión”, etc., etc., etc.? ¿Para qué va a gastarse el Estado en los delincuentes y en los presos ni un céntimo más de lo estrictamente necesario? Hace unas semanas, tal vez unos pocos meses, en la sección de Cartas al Director de un conocido periódico un lector comentaba, indignadísimo, lo mal que le parecía que los presos que “vivieran” en la nueva cárcel que se está construyendo en Figueres fueran a estar en condiciones que el lector consideraba prácticamente de lujo. Aquel desinformado lector hizo un sencillo, pero erróneo, cálculo: leyó que la prisión tendría una extensión de 400.000 metros cuadrados, y que vivirían allí alrededor de 800 presos. Pues bien, 500 metros cuadrados para cada preso, argumentaba el despistadísimo lector. Sólo le falto añadir un sonoro: ¡Viva la virgen! Nadie le informó a ese indignado lector que en los 400.000 metros cuadrados estaban incluidos los aparcamientos (que los presos no pueden usar por “vivir permanentemente”, un perímetro de seguridad para vigilancia, los servicios administrativos de la prisión (a los que los presos jamás tienen acceso, y recuerden que se lo dice uno de ellos), las instalaciones destinadas exclusivamente a funcionarios (cafeterías, vestuarios, etc.), los talleres penitenciarios, que acostumbran a ocupar una gran extensión de terreno dentro de una prisión, a los que los internos (no todos, sólo los que tienen suerte) van sólo unas horas al día a trabajar por unos sueldos más propios de un régimen de esclavitud, y que para mantenerse bajos se amparan en los servicios que los presos recibimos de la administración (alimentación, asistencia médica, etc.), y las instalaciones destinadas a las visitas de familiares y abogados, a los que los presos sólo tienen acceso en fechas y horas determinadas y bajo un régimen de vigilancia mucho más estricto que en el módulo o galería en el que se hace la vida diaria.

El espacio que le queda a un preso es ridículo. Es cierto que se dota a las cárceles más modernas de piscina, pero el acceso es limitado y restringido. Hay internos que no pueden apuntarse a piscina (aforo limitado), y acostumbra a ser una hora, a lo sumo dos, a la semana. Es cierto que las cárceles más modernas disponen de jardines, pero nadie informa de que los jardines son exteriores, para suavizar el impacto visual de la cárcel en el territorio que la circunda, y así hacerla más amable para la gente de los alrededores y los visitantes. Nadie dice que los patios son duros, duros, duros, como las plazas que últimamente están de moda. No hay árboles. No hay plantas. Los únicos animales que se pueden ver son palomas, gorriones, ratones y cucarachas. Es normal, las cárceles son grandes y se sitúan en pleno campo, lejos de los núcleos urbanos. Así se dificulta todavía más las visitas a los internos por parte de sus familiares.

Como pueden ver, la vida diaria no es tan cómoda como podía pensarse aquel lector que reclamaba para él y para la población en general los 100 metros cuadrados que imaginaba que disfrutamos todos los presos. Mi celda es bastante amplia en comparación con otras que he tenido. Tendrá algo más de 4 metros de largo por unos 2,5 de ancho. Algo más de 10 metros cuadrados. Somos dos internos por celda, luego tocamos a 5 metros cuadrados por persona. Y en el módulo, somos 252. Todos los servicios comunes (biblioteca, comedor, duchas, etc.) pueden aportar, no sé, unos cuantos metros cuadrados por persona, pero pocos. Pongamos 10. En total, 15. Ya ven. Todo un lujo.

Pero no quería centrarme en esto. Lo peor no son las condiciones físicas. Lo peor de la vida en la cárcel es la sensación de tiempo perdido. Creo que es bastante general entre todos los presos. Entiéndanme. No se trata de hablar de tiempo perdido por no estar en libertad. La mayor parte de presos asume su situación. Han jugado al gran juego y han perdido. La cárcel es el precio que hay que pagar. Pero incluso entre los delincuentes más habituales, entre los más “profesionalizados”, tarde o temprano llega a nacer el sentimiento de que esto no es vida, y que hay que cambiar para acabar de una vez por todas con eso de entrar en prisión. Tarde o temprano, hasta los más reacios acaban por prestar oídos a palabras como “reinserción”, “rehabilitación”, “arrepentimiento” y otras. Todos nos interesamos por las leyes que nos afectan, el código penal, la ley y el reglamento penitenciarios. Todos. Sin excepción. Algunos las entienden mejor que otros, pero todos nos interesamos. ¿Y saben lo que llega a ocurrir? Pues que como el Estado percibe que el interés de la mayor parte de la sociedad hacia la problemática de las prisiones es la que es, o sea: “que se pudran”, pues entonces destina pocos medios a prisiones, y por extensión, a justicia. Con pocos medios, los profesionales penitenciarios, desde funcionarios a psicólogos, pasando por médicos, criminólogos, maestros y educadores, llegan a valorar pobremente su propia función. Si no tienen medios para hacer su trabajo de acuerdo a lo que establecen las leyes, ¿para qué se van a esforzar? Si además, su trabajo no le importa a nadie (cuando tiene consecuencias positivas), y la sociedad únicamente se interesa por ellos cuando meten la pata, cuando un asesino o un violador no vuelven de un permiso y cometen un nuevo crimen, o cuando hay que soltar a un famoso terrorista porque ha cumplido su condena, si la sociedad les valora tan poco y tan mal, ¿para qué esforzarse en hacerlo bien? Me pregunto cuantos funcionarios de prisiones y profesionales de tratamiento reconocen abiertamente en su entorno no-familiar (por ejemplo, entre sus vecinos) que trabajan en una cárcel. Apuesto que pocos.

Llega un momento en el que los profesionales penitenciarios no tienen los medios suficientes para hacer un buen trabajo. Pero lo peor es cuando llega el momento en que el hastío es tan grande que ni siquiera quieren hacerlo. Se preguntan: ¿para qué? Se crea entonces una espiral. El preso se siente abandonado. Nota que, dentro de unos márgenes, es indiferente que haga una cosa u otra. Ve como los permisos se dan tarde y de acuerdo a criterios contrarios a la ley, como son los criterios generalizados, expresamente prohibidos en la ley penitenciaria. Llega un momento en que al preso sólo le importa salir, y cualquier cosa buena que pudiera aprender en prisión para ayudarle a no volver a delinquir pierde toda importancia. Al fin y al cabo, quien tiene que ayudarle (entre otras cosas, porque cobra un sueldo para ello) no lo hace porque cobra su sueldo, pero no cuenta prácticamente con medios que realmente le ayuden a desarrollar su función. Se crea desconfianza. La desconfianza genera mentiras. No se dice la verdad. Se dice aquello que “sirva” para salir. Toda esta espiral desemboca, más temprano que tarde, en un menosprecio hacia los valores que la Constitución deposita en las prisiones y en las penas privativas de libertad. Todo eso no vale, porque ni siquiera el Estado lo hace valer. Se convierten en palabras inútiles, vacías de todo contenido. El menosprecio hacia los valores que representa la Constitución desemboca en desprecio de la ley. Lo importante no es cumplirla o no. Lo importante es que no te cojan. Pero siempre acaban por cogerte, porque el perfil intelectual del prototipo de delincuente no es precisamente el de un superdotado, ni muchísimo menos.

En Criminología hay una afirmación que recuerda a aquella otra, futbolística, de Cruyff. El genio holandés dijo en una ocasión: “Si nosotros tenemos la pelota, ellos no pueden marcar gol”. Parece una perogrullada, pero es más profundo de lo que parece. Desde entonces, el Barça siempre juega a controlar la posesión de la pelota. Pues bien, en Criminología hay un axioma que aunque es totalmente diferente, comparte el mismo espíritu: “El delincuente comete el delito porque piensa que no le van a coger”. No puede ser más exacto. Una cosa es que los delincuentes no seamos Einstein, de acuerdo, pero si supiéramos que van a cogernos, no cometeríamos una gran parte de delitos. Lógico ¿no? El hecho de que sigamos cometiendo delitos es que tenemos la esperanza de no ser cogidos, a pesar de que la experiencia nos demuestra que cometemos tantos errores (el crimen perfecto es un mito), que lo más fácil es que nos detengan más bien pronto.

Pero hay algo más. Se cometen delitos porque no se cree en los valores sociales, ni se respetan. Cuando se dice que las cárceles son “universidades del crimen” no se puede decir nada más cierto, pero cabría preguntarse de quien es la responsabilidad. Un preso con su tiempo ocupado, recibiendo la instrucción que tal vez no pudo recibir en libertad, controlado y vigilado en orden a estimular sus habilidades sociales y su propia toma de conciencia, ante sí mismo y ante la sociedad, es un individuo con menos probabilidades de volver a delinquir que otro preso “abandonado”, “tirado” en el patio, y al que no se le hace ni una sola entrevista para conocerle mejor hasta que no llega el momento en que se pretende que empiece a salir de permiso (pueden pasar años y años, se lo aseguro, sin que nadie pregunte al preso ni la hora), pero sin saber de él apenas nada, ya que no se tienen debidamente en cuenta los aspectos individuales de cada preso, que es a lo que obliga la ley, porque eso requiere unos medios de los que no se tiene disposición, porque el Estado asigna presupuestos pobrísimos a justicia y prisiones, porque la opinión pública, si pudiera, en lugar de gastar dinero lo que haría sería “tirar de la cadena” y que toda la podredumbre social, o sea nosotros, desapareciésemos del mapa.

En cierto modo, se parece a una pescadilla que se muerde la cola. La sociedad se defiende de los que le hacen daño y los mete en la cárcel. Pero cómo no desea realmente justicia, sino venganza (véase “Intolerancia, capítulo II”), no destina a justicia y prisiones suficientes medios materiales para cumplir su función adecuadamente. Ello redunda en una gestión deficiente, tanto de la Administración de Justicia como de la penitenciaria (ahí están los resultados y los últimos escándalos), que se traduce en un trabajo en pésimas condiciones, que en el caso de las prisiones, en lugar de estimular a los delincuentes y presos a mejorar individualmente para no volver a delinquir lo que realmente hace es agrandar el abismo entre el mundo “legal” y el mundo de la delincuencia, eternizándose así el problema. Lo dicho, la pescadilla que se muerde la cola.

Ahora me dirá usted, amable lector o lectora, que usted está de acuerdo en modernizar la justicia y dotar de medios suficientes a las prisiones para que cumplan todos su función, pero antes de afirmar eso a la ligera, pregúntese algunas cosas:

¿qué hará cuando le anuncien que van a construir una nueva prisión cerca de su casa? ¿lo admitirá sin problemas?

¿cómo le sentaría una subida de impuestos (aunque tampoco sería tan grande como se imagina, se trataría de ajustes en la declaración de renta que, recuerde, ya no hace usted, sino que se la hace Hacienda), para poder dotar de más medios a los juzgados y tribunales, de manera que los juicios fueran más rápidos, las víctimas no tuvieran que estar hombro con hombro, codo con codo, con sus agresores, se controlaran con exactitud los recursos y las ejecuciones de penas y entradas en prisión?

¿qué opinaría si con cargo a la misma subida de impuestos, o a otra, se dotara a las prisiones de más medios, sobre todo de más personal, para poder trabajar con los presos de forma individualizada, tal y como obliga la ley actualmente en vigor, y así poder incrementar las ratios de presos reinsertados y rehabilitados socialmente, con especial mención al reconocimiento de las víctimas y a fomentar su reparación e indemnización por parte de los presos responsables?

Tal vez piense que se podría conseguir todo eso sin tener que subir impuestos. Bien. Vote usted a aquel partido que se comprometa a una mejor distribución de lo que el Estado cobra, vía Hacienda. Pero claro, hay otras prioridades ¿no es cierto? ¿Qué pasa con las pensiones? ¿Y con el salario mínimo interprofesional? ¿Y la educación? Por no hablar de la sanidad, el coste de las intervenciones militares españolas en el exterior, o las infraestructuras que todas las comunidades autónomas reclaman como prioritarias e irrenunciables. El pastel no es tan grande como para que dé para todos ¿verdad? De manera que hay que establecer prioridades.

Curiosamente, cuando se trata de prioridades, la justicia nunca lo es, ni la gestión penitenciaria. Pero como un juez o una secretaria judicial se equivoquen, se reclama cadena perpetua para determinados delitos y la expulsión del juez de la carrera judicial. Si un terrorista cumple íntegramente su condena, la sociedad reclama que no se le deje en libertad. ¿Acaso se pretende mantenerle en prisión sin delito cometido? ¿O mejor nos inventamos un delito inexistente o no cometido, con tal de mantenerle encarcelado? Y si un asesino se fuga y vuelve a matar, ponemos el grito en el cielo, por supuesto, y buscamos un responsable que pague con su cabeza, el psicólogo de la prisión o el juez de vigilancia penitenciaria que le aprobó el permiso. La cuestión es que alguien pague los platos rotos, pero que no sea la sociedad en su conjunto, sino que se pueda personalizar en alguien. Siempre es más cómodo poder identificar al responsable de una desgracia, no sea que al final nos señale a nosotros mismos ¿verdad?

¿De qué estamos hablando? ¿De hipocresía? ¿De no saber lo qué queremos? ¿De pretender escurrir el bulto ante la realidad y que sean otros los culpables de nuestros propios pecados? Una visión más humanitaria y sobre todo más global de nuestra sociedad nos mostraría más claramente el camino a seguir. Además, hay que ser consecuente. Yo veo el incremento de presupuesto en justicia y prisiones como una especie de seguro. Verán. Usted paga un seguro por circular con su automóvil, o para protegerse de daños en su casa (robo, incendio, etc.). El seguro incrementa el coste, pero todo el mundo lo ve bien. El incremento del coste queda compensado por el incremento de seguridad frente a imprevistos.

Pero en materia de delincuencia y criminalidad queremos incremento de seguridad y de resultados sin incrementos de coste. ¿Acaso nos hemos vuelto todos estúpidos?

¿O se trata, simple y llanamente, de intolerancia?

Fin del capítulo III.


Tema relacionado: Intolerancia (Capítulo I) Intolerancia (Capítulo II) Intolerancia (Capítulo IV)Intolerancia (Capítulo V y Último)

lunes, 6 de octubre de 2008

INTOLERANCIA (Capítulo II)



Texto: Jordi Jiménez Aragón Foto:Jeff Werner

Hace unos días escribí un artículo con el mismo título que éste, si bien era al capítulo I. Tal vez usted se pregunte ¿por qué? Bueno, pues este artículo, que pretende ser la continuación en lo relativo al tema (la intolerancia), tal vez sea una buena respuesta, si bien me temo que no será la última.

Ese pequeño detalle, que no sea la última respuesta, no deja de ser un mal síntoma. Verán, para aquellos de ustedes que no sepan donde se meten cuando entran en este blog, deben saber que la mayor parte de los que escribimos cumplimos condena en prisión. De hecho, puede escribir cualquiera que mande su escrito o su artículo a nuestro “blog-master” (le llamo así porque sé que no le gusta, je, je, je…), quien lo juzgará adecuado o no para su publicación, en función del carácter y objetivos del blog. No, no se confunda, por favor. No se trata de censura. Se trata de que quien escriba algo sepa exponer lo que piensa sin tener que insultar a nadie y sin hacer apología de determinados comportamientos, rechazados por la mayor parte de la sociedad en su conjunto (violencia, racismo, terrorismo, nazismo, etc.). Por cierto, un aparte: ¿se han fijado en que casi todas las cosas malas acaban en “-ismo”? Cierro el aparte. A lo que iba, quien quiera escribir acerca de lo que quiera, pero sabiendo exponer sus ideas sin insultos y con respeto a valores ampliamente reconocidos (respeto a las opiniones ajenas, educación y amabilidad en el trato con los demás, etc.), puede hacer uso de este blog para difundir sus ideas.

Lo que me lleva a la pequeña reflexión de si mi artículo anterior pudo ser ofensivo hacia los seguidores radicales (también llamados “ultras”) de algunos equipos de fútbol. Si le preguntamos a alguno de ellos, aunque dudo de que lo hayan leído, seguro que se siente muy ofendido, pero estoy casi completamente seguro de que no tanto por algunas de mis afirmaciones como por el simple hecho de no compartir sus credos. La diferencia principal entre un “hincha” radical y yo es que yo estoy dispuesto a hablar civilizadamente con él para tratar de solucionar el problema, mientras que lo más probable es que él sólo esté dispuesto a pisarme la cabeza. Su orgullo está herido. Necesita vengarse. Dudo de que ni por un momento se replantee su actitud. Al fin y al cabo, él no hace otra cosa que divertirse animando a su club ¿no es cierto? Si con su forma de animar y divertirse molesta, agrede y atemoriza a otras personas, ese no es su problema. Pero si alguien les recrimina algo en relación con sus actuaciones (¿están conmigo en que hay mucho de teatro en su forma de animar al club de sus amores?), entonces necesita vengarse, no vaya a ser que confundamos su posible falta de reacción con debilidad. ¿O tal vez tema que los que confundan falta de reacción con debilidad sean sus propios compañeros radicales, y nuestro “hincha” se comporta como se comporta por miedo a ellos? ¿Saben qué escuché una vez y se me quedó grabado en la mente? Pues que cualquiera puede entrar en un grupo de índole radical y extremista (llámese banda criminal, organización terrorista, peña de seguidores “ultras” de un club de fútbol), pero se necesita ser muy, pero que muy hombre, para salir de ese mismo grupo, sobre todo si hablamos de salir solo y contra la opinión del resto de los miembros del grupo. A ver si lo que les une no es el amor a unos determinados ideales, sino el miedo que sienten hacia sus propios compañeros. Sería curioso…

Pero hoy quería hablarles de un tema que tiene que ver con la intolerancia, y todo lo escrito sólo ha sido una introducción (a la vez que un colofón a mi anterior artículo) a dicho tema: la venganza.

Dios dijo: “La venganza es sólo mía”. Curiosamente, la mayor parte de los seguidores de Dios, ya sean judíos, cristianos (sobre todo los católicos, aunque no exclusivamente) o musulmanes, no cumplen con esa parte de la palabra divina. ¡Hay que joderse! (con perdón). O sea, que respetamos lo que nos interesa, pero lo que no nos interesa respetar, pues eso. Cierto es que en la Biblia también encontramos la famosa ley del talión, el ojo por ojo, pero entonces, ¿a qué debemos atenernos? ¿Interpretamos que sólo Dios puede vengarse o por el contrario la venganza es buena a los ojos de Dios? ¿Qué podemos opinar acerca de un Dios que se contradice y nos confunde? Los piadosos dirán que Dios no se contradice, sino que sus hijos (o sea, nosotros) no lo interpretamos adecuadamente. Bueno, dejo aparcado para otro artículo el tema de si Dios dijo esto o aquello, y a quien se lo dijo, y todo eso… Hoy quería hablar de la venganza, pues a ello.
¿Cabría interpretar la ley del talión desde otro punto de vista y no sólo el de la venganza? Verán, en prisión uno puede dejar pasar el tiempo o tratar de aprovecharlo. Yo soy de estos últimos. Hace años me puse a estudiar Derecho, y aunque no lo he acabado todavía, ya me falta poco. De modo que puedo decir con algún rigor que al estudiante, no ya de primero de Derecho, sino del curso de acceso introductorio para mayores de 25 años, se le enseña que la primera concepción del Derecho equivale a “dar a cada uno lo suyo”. Sobre esta base construimos un edificio, al que llamaremos Derecho, y el respeto que demos a ese concepto de dar a cada uno lo que le pertenece es el hormigón armado que dará fuerza y resistencia al conjunto del edificio. Poco respeto a ese concepto es lo mismo que poco hormigón, y eso arrojará dudas sobre la durabilidad y entereza del edificio que pretendemos construir.

Tal vez el primer ejemplo histórico de “dar a cada uno lo suyo” sea el famoso juicio de Salomón, al pretender partir en dos al hijo recién nacido reclamado por dos madres distintas, para averiguar, por sus reacciones, cuál era la verdadera madre. La falsa madre estaba de acuerdo con la aparente sentencia de partir al niño en dos mitades. Perdió, pero su forma de actuar me sirve para enmarcar mi punto de vista. Esa mujer, la falsa madre, utilizó la posibilidad de acceder a juicio sólo para vengarse. ¿Cómo cabe entender, si no es por venganza, tal actitud en relación al niño y a la verdadera madre? Si sólo hubiera sido una madre que perdió a su hijo y quería otro, aunque tuviera que robarlo a otra madre, no hubiera deseado la muerte del niño. El deseo de su muerte es un signo inequívoco de que quería vengarse de la otra mujer, y para ello, para su propia venganza, no dudó en utilizar el Derecho, acudiendo a juicio para que el rey-juez Salomón impartiera justicia.

¿Ocurre algo parecido en nuestros tiempos, o tal comportamiento es cosa del pasado? Casi a diario tenemos para desayunar, comer y cenar multitud de noticias violentas. Algunos informativos de televisión parecen más una versión televisiva de aquel famoso periódico (“El Caso”) que se dedicaba en exclusiva a informar sobre los más diversos crímenes. No se difundían por la caja tonta. Para empezar, porque sólo había una cadena, y además, era la cadena oficial, controlada por el régimen. Sólo se difundían programas amables, nada críticos, y que mostraran la imagen oficial de la dictadura. Pero “El Caso” era distinto, cumplía una función social, que permitía el uso conjunto del chismorreo y los deseos de venganza, aunque fueran por desgracias ajenas.

El ser humano no es jurista, amante del Derecho. Sólo lo son algunos individuos. Todos los demás afirman que desean respetar la ley y obedecer todos sus mandatos, pero casi todos se reservan, aunque no lo digan, el derecho de vengarse si la ocasión lo requiere, aunque ello sea contrario a la ley. ¿Saben? La televisión no es forzosamente mala. De vez en cuando se pueden encontrar cosas bastante decentitas, y no hablo ahora de los documentales de “la 2”. En una teleserie de las que merecen la pena un tribunal de admisión interrogaba a un aspirante a juez (estadounidense, of course) si estaba a favor o en contra de la pena de muerte. El aspirante, sin titubear, se manifestó en contra. Entonces, una mujer del tribunal le preguntó que qué pensaría si un criminal matara a su mujer o a su hijo. El aspirante respiró hondo y dijo, poco más o menos, que si tal cosa sucediera, él mismo mataría al asesino de su familia, pero que no debía confundirse el estado de ánimo, la ofuscación o los deseos de venganza de un único individuo con la forma en que la sociedad debía afrontar la violencia criminal. El aspirante a juez opinaba (y yo con él) que la sociedad en su conjunto tiene la obligación de intentar evitar tales conductas, y reprimirlas y castigarlas cuando se producen. La sociedad, para poder castigar debe tener una autoridad conferida por el conjunto de sus miembros, es decir, todos nosotros, y para ello pone en marcha un aparato judicial y policial, bajo la soberanía estatal, que somos todos. Pero además, para poder castigar debe tener una autoridad “moral”, consistente en diferenciarse de la forma de actuar que pretende reprimir. Matar es matar, aunque se le llame pena de muerte, y la imponga un juez en una sentencia. Y salvando las formas, muy jurídicas y elegantes, la sociedad que castiga con pena de muerte no hace otra cosa que vengarse, y eso es lo mismo que rebajarse a la misma altura que el criminal, o que el padre de familia ofuscado por la muerte de sus hijos. Por tanto, el dinero de los contribuyentes que financia y paga a los que no son otra cosa que servidores públicos, se emplea en esos casos en rebajar la categoría moral de esos servidores públicos, y por extensión de toda la sociedad. Pero claro, ocurre que los servidores públicos no hacen otra cosa que atender las voces, a veces gritos, de la sociedad que clama por que se aplique la ley del talión, en su vertiente de venganza.

Por suerte en España no hay pena de muerte. ¿Por suerte? Hay otros modos de venganza. No serán tan crueles y definitivos como la pena de muerte, pero tarde o temprano se muestran bastante crueles y definitivos en otros aspectos. Me explicaré. Dejaré para otro artículo cómo veo el asunto de la relación entre criminalidad (sea del tipo que sea) y otros aspectos de interés, tales como pobreza, educación, marginalidad, etc. Son, simplemente, otros ángulos desde los cuales poder ofrecer una visión de conjunto sobre la intolerancia en que vivimos. Pero hoy toca la venganza. Ya hemos analizado la venganza individual, siempre triste por cuanto la rechazamos a priori, pero nadie está seguro de no recurrir a ella si el daño lo sufre en sus propias carnes.
Lo que ocurre es que el ser humano también acepta, incluso desea, la venganza como acto solidario. No es necesario que sea usted el directo perjudicado por una acción criminal. Basta con que sea alguien cercano a usted. Ni siquiera hace falta que sea de su entorno más cercano, familia, amigos o compañeros de trabajo. Basta con que usted vea en la televisión lo que le ha sucedido a alguien de otra ciudad, incluso de otro país, para que afloren sus deseos de venganza. Por supuesto, no todos los delitos incitan a esa catarsis colectiva que confunde justicia con venganza. Justicia es, recordemos, dar a cada uno lo suyo, y cuando se produce un crimen se debería analizar todo lo que rodea a ese crimen, pero como dije antes, eso requiere un artículo por sí solo. Centrémonos en la diferenciación entre individuo y sociedad en lo tocante a la venganza. Que el padre de una niña asesinada clame venganza (aunque la llame justicia) se entiende perfectamente. Que clamen venganza sus familiares y sus amigos y vecinos, también. Entiendo menos que dos, tres o cuatro millones de personas estampen su firma en apoyo de esa venganza, pero aunque en menor grado, lo entiendo.

Lo que a mi modo de ver es inadmisible es la postura de determinados servidores públicos (ponga usted el nombre que quiera, seguramente acertará), quienes cobran sus estupendos sueldos con cargo a todos nosotros, para cosas muy distintas de aquello que nos prometieron cuando los elegimos. Si al final hacen lo mismo que haría cualquiera, usted o yo o el vecino, ¿qué diferencia hay? ¿Por qué no se establecen turnos rotativos, como para ser presidente de la comunidad de vecinos de su bloque? Porque al fin y al cabo estos señores no hacen el trabajo que nos prometieron que harían. No digo que no hagan nada, muy al contrario. Pero su interés principal no es cumplir con los programas electorales y las necesidades del país. Su interés principal es eternizarse en el cargo (por ejemplo, Jordi Pujol, presidente de la Generalitat durante 23 años, o Manuel Fraga, presidente autonómico gallego durante casi tantos años, o tal vez más, ya perdí la cuenta), y salir elegidos una vez más, o sopotocientas, o las que haga falta, hasta la jubilación. Y para ello no han de cumplir sus promesas, no, qué va… Para conseguir su gran objetivo (no dar un palo al agua durante años y años y años) les basta atender a la opinión pública y decirles que sí a todo, por muy descabellado que resulte. Vamos, la famosa alarma social.

En otras palabras, y para entendernos, si la opinión pública pide venganza, los servidores públicos procuran ofrecerla para así contentar a la opinión pública. Pero es imposible tenerlos contentos a todos, eso ya lo sabemos. Les llamo servidores públicos porque no sólo les ocurre a los políticos. Les ocurre a ellos, por supuesto, pero también a los jueces, los fiscales, los secretarios judiciales, los periodistas de los informativos, los reporteros que sólo buscan la noticia más sensacionalista, los funcionarios de prisiones, los jueces de vigilancia penitenciaria, los psiquiatras forenses, los abogados de las acusaciones particulares. Se haga lo que se haga y se diga lo que se diga, siempre, siempre, siempre se tiene en cuenta como se recibirá el mensaje por la opinión pública.

Sería mejor que todos esos servidores públicos no olvidaran el verdadero sentido de su función, y con ella, de su salario. La sociedad, esa misma que clama venganza en hechos puntuales, de vez en cuando retoma la cordura que nunca debería abandonar, y establece un sistema de valores que debe ser respetado. Cuando alguien no respeta ese sistema de valores debe ser reprendido, castigado, pero también debe contar con la posibilidad de enderezar su conducta futura y volver a la sociedad, por decirlo de alguna manera, “curado” de su “enfermedad” que le hizo delinquir, es decir, no respetar el sistema de valores de la sociedad. Para ello la sociedad se otorga a si misma unos determinados códigos de conducta, a los que llamamos “leyes”.

Repito que cuestionar el sistema social de valores es objeto de otro artículo, no de este, pero es importante no perder algo de vista. Desear que algunos delincuentes “se pudran en la cárcel” o “no salgan nunca de la cárcel, y mueran en ella” tiene poco de justicia y mucho de venganza. Desear tales cosas es rebajarse a la altura de los que hemos cometido delitos. Pero es algo peor que todo eso. Esos deseos de venganza expresados con esas frases tan lapidarias significan en última instancia que la sociedad, en que los distintos delincuentes hemos vulnerado la ley, no es capaz de reconocer que está lo bastante enferma como para generar elementos indeseables. Y además esa misma sociedad no es capaz de “arreglar” esos fallos en su sistema social y por ello no encuentra más solución que apartar a los delincuentes de la circulación, y meterlos en la cárcel, sin más.

Se olvidan, o aún peor, se desprecian, los motivos que llevan a algunas personas a cometer delitos. Por tanto, no se toman medidas a medio y largo plazo para evitar los delitos en origen. Por poner un símil, es como el médico que ante un dolor receta un analgésico, pero no se molesta en investigar el origen del dolor y que, una vez localizado, se pueda tratar de forma más adecuada para evitar que surja de nuevo. El mal médico se limita a recetar analgésicos. Si el paciente se muere, que se muera, pero a él que no lo molesten más allá de lo necesario.
La venganza nunca es admisible. Dios dijo que era sólo suya. La venganza individual, la reacción inmediata ante el daño sufrido, se llega a entender, aunque sea conveniente reprimirla. La venganza colectiva, entendida como reacción ante una determinada situación, es explicable, aunque no justificable. Pero los profesionales que trabajan en los distintos ámbitos de la sociedad tienen una clara responsabilidad en este asunto. Si cuando la sociedad, consciente de su existencia, se dota a sí misma de un conjunto de leyes que considera necesario mantener y respetar para permitir la convivencia, la labor de los servidores públicos (concepto que va más allá del funcionario-empleado estatal, incluyo en el ámbito de los servidores públicos a todos aquellos que con su labor diaria influyen decisivamente en los intereses públicos y en la opinión pública) consiste sobre todo en aplicar y desarrollar el sistema normativo. No sólo aplicar, sino aplicar y desarrollar. Cada nuevo día nos lleva a nuevas necesidades. Todos los problemas tienen su origen, y puede y debe ser investigado para poder hallar una solución. Servir al público las cabezas de algunos, al modo que Herodes presentó ante Salomé la cabeza de San Juan Bautista, puede ser un gesto muy efectista, pero, y eso es lo jodido, nada más que un gesto efectista, jamás una solución, ni siquiera un principio de solución.

Cabe pedir más a los servidores públicos. Cabe pedir cordura y mesura. Cabe pedir análisis fríos de los problemas, búsqueda de soluciones tanto a largo como a corto plazo. Cabe pedir que incluso para los indeseables como nosotros, los delincuentes, se tenga el mismo respeto y escrúpulo en la aplicación de todas las leyes que nos afecten (no sólo de las penales) y de las noticias. ¿No se han fijado en que sea cuál sea la expresión facial de un delincuente al que están juzgando, los informativos califican invariablemente dicha expresión facial como “fría”, “dura”, “imperturbable” y otros adjetivos semejantes? Jamás oigo hablar de un delincuente que se muestre arrepentido en el juicio. Ni tampoco oigo hablar de otros delincuentes que se encuentren (como muchos de nosotros que sólo hemos cometido un error en la vida, y que no se nos puede calificar como “delincuentes profesionales”) confundido o como perdido, sin saber muy bien lo que pasa. ¿Nunca se han preguntado el por qué de todo ello? Es pura psicología elemental: atribuyendo cualidades negativas a los delincuentes (mirada dura, expresión imperturbable, sangre fía, etc.), tanto si las muestran como si no, la contraposición, el contraste con los “honrados”, hace que los “honrados” se vean a sí mismos mejores de lo que realmente son, y en todo caso, se vean a sí mismos diferentes, sobre todo de los delincuentes.

Se trata de un mecanismo de auto-defensa: “yo no soy como él, luego soy mejor que él”. En el fondo, hablamos de miedo. Si viéramos en algunos delincuentes a seres semejantes a nosotros, tendríamos mucho miedo de poder pasar por uno de ellos a ojos de los demás. Por tanto, diferenciarse es básico. ¿Cómo consigue uno diferenciarse? En primer lugar, no cometiendo delitos. Ese es un buen consejo, y un buen camino. Pero no es suficiente. Para diferenciarse todavía más, hay que criticar a todo delincuente que conozcamos, y pedir que cumpla íntegramente su condena, y cuando la cumpla, rechazarlo socialmente y no aceptarlo por su condición de ex-delincuente. Y si el delito es lo bastante grave, que no salga jamás de la cárcel. Y si el delito no es lo bastante grave, pero nos ha perjudicado grandemente (piense en el juez Tirado, por ejemplo), le deseamos que ya que no puede ir a parar a la cárcel, por lo que menos que se muera de hambre y asco, rechazado por todos. A eso lo llamo yo deseos de venganza.

Así somos, socialmente hablando. Es un comportamiento tan calado en nuestro subconsciente social que se puede encontrar hasta entre los presos. Basta que uno sea acusado de determinados delitos, incluso sin haber llegado a juicio, en prisión preventiva, para ser rechazado incluso dentro de la misma prisión por el resto de presos. Hace poco, un condenado por violación con trece años de cárcel a sus espaldas resultó inocente después de que se le sometiera a la prueba del ADN. ¿Saben de qué se lamentó amargamente cuando al fin lo pusieron en libertad? ¿De los largos años de prisión? ¿De los insultos y amenazas del resto de presos? No. Se quejó, pura y simplemente, de que nadie, nadie, nadie, le pidió perdón por el error que cometieron con él.

Así de duros somos, vengándonos de todo aquello que tememos o que no comprendemos. Ese es nuestro calmante para el dolor, pero si no investigamos su origen, volverá a martillearnos y ¿qué haremos? ¿tomarnos otra aspirina más?

Ya sé que con este artículo no voy a solucionar nada, y que se deberían arreglar muchas otras cosas antes que la situación de un colectivo social tan despreciado como el de los presos. Pero ¿saben una cosa? Todas las casas tienen distintas habitaciones, algunas más grandes, más cálidas y más confortables que otras, pero en todas las casas tienen también habitaciones en las que deshacerse de los desperdicios (baños y retretes). Pues bien, incluso en esos lugares se quiere limpieza e higiene ¿verdad? ¿O simplemente porque usted va allí a soltar lo que suelta, lo que ya no le sirve, sería justificable tener ese espacio como un estercolero?

Sólo me gustaría que quien lea esto piense un poco sobre ello. Ni siquiera pretendo que piense igual que yo. Eso no es importante. Pensar sí. Sobre todo pensar por uno mismo, en lugar de adoptar sin más las ideas de los demás, aunque sean buenas. No las adopte porque sí, sino después de un periodo de reflexión. Este artículo quisiera ser una invitación a ello. Le ruego que la acepte.

Fin del capítulo segundo.

Tema relacionado: Intolerancia (Capítulo I) Intolerancia (Capítulo III) Intolerancia (Capítulo IV) Intolerancia (Capítulo V y Último)

martes, 30 de septiembre de 2008

INTOLERANCIA (Capítulo I)

Texto: Jordi Jiménez Aragón
Foto:Cosmopolita.(cc)Flickr

Hace tiempo que “le debo” a mi-nuestro coordinador-dinamizador un artículo. Él tampoco me ha apretado, ha sido muy atento y considerado, al esperarme todos estos meses en los que no he escrito nada con la (¿pobre?) excusa de estar preparando exámenes. Y digo pobre porque hace ya tres semanas que superé tan fatídico momento. Una nueva excusa podría ser que estoy en ese “terrible” impasse que significa esperar las calificaciones, y los nervios me poseen al modo de los malos espíritus, esos que toman posesión de los cuerpos y las mentes y dominan la voluntad de los poseídos. ¡Huy, lo que me he dicho! ¿Me he llamado a mí mismo poseído? ¿Ven ahora por qué dicen que la cárcel sienta mal? Seguro que esto es un infame efecto secundario.

Pero si hablamos de estar poseídos por alguna locura insana, la espera de las calificaciones de unos exámenes es algo inofensivo en comparación con según qué otras cosas. Por ejemplo, los comportamientos dudosamente inteligentes de determinados grupos escasamente humanos (no se les puede atribuir cualidades totalmente humanas a semejantes energúmenos, aunque en el fondo pertenezcan al mismo género que usted o que yo), disfrazados de ideologías, colores deportivos, o lo que es peor, ambas cosas a la vez.

Exacto, avispado e inteligente lector (o lectora, en cuyo caso debería haber escrito “avispada”, dicho sea en el más elogioso sentido de la palabra, por supuesto), me estoy refiriendo a los sucesos del pasado derby futbolístico entre los equipos del RCD Espanyol y el FCB Barcelona. Pero el título de este artículo-reflexión-lo-que-sea no está escogido al azar, ni siquiera es un homenaje al gran film de Griffith, hace un porrón de años, tantos que ni me acuerdo. Pero sí recuerdo el título, y algo del argumento, que prácticamente se podría resumir en el título.

Hace tiempo que siento la necesidad de decir algunas cosas tan claramente como me sea posible. Y me he dado cuenta de que existe un denominador común, desgraciadamente, en esas cosas, y no es otro que la intolerancia. De modo que pensé que estaría bien hablar (quiero decir, escribir) de lo más reciente, y más adelante, en sucesivos capítulos, ir ampliando el espectro de la intolerancia, tal y como yo la veo.

No pretendo aportar soluciones, no estoy ni en el lugar ni con la disposición para hacerlo, ni siquiera tengo nada parecido a “medios” para hacerlo. Sólo puedo poner negro sobre blanco algunas de mis ideas y mis sentimientos, pedirle a Álvaro que lo cuelgue en Internet, y tener la esperanza de que alguien lea mis escritos y que su lectura invite a ese alguien a reflexionar, a plantearse sus propias preguntas y encontrar sus propias respuestas. Aunque sería un milagro pequeñito, casi insignificante, seguiría siendo un milagro, un milagrito, y sólo por eso merece la pena intentarlo.

Por tanto, vayamos al turrón. Cualquier estudiante de primero de antropología aprende que, Darwin mediante (que no Dios), el hombre desciende del mono. En términos más correctos, diríamos que la especie humana pertenece al orden de los primates, de la clase de los mamíferos. Existe un orden en esa clasificación. Clase (mamíferos), orden (primates), especie (humana). Cada orden puede subdividirse en subórdenes. Los primates se subdividen en el suborden de los prosimios y en el suborden de los antropoideos. Dentro de este último suborden existen distintas especies, como los monos, los simios y los humanos. Llamamos “antropoideos” a ese suborden, del que la especie humana es una ramita que cuelga, porque todos los grupos pertenecientes a ese suborden comparten algunas características comunes.

No pretendo entrar en las similitudes biológicas, pero me gustaría llamar la atención en algunos rasgos comunes en el comportamiento social. Porque, señoras y señores, los monos y los simios son tan sociales como los humanos, si no más. Es propio de los antropoideos vivir en grupos sociales, es decir, de varios individuos. Con ello se propician y potencian aspectos de interés para todo el grupo, como mayor protección ante los depredadores (más ojos, mayor vigilancia), mayores posibilidades de conseguir comida, y, en definitiva y como resumen, mayores probabilidades de supervivencia, que es lo que nos interesa a todos, qué narices…

Mi opinión (bueno, una de ellas, tengo más…) es que la civilización es una mezcla de una característica animal, que compartimos con el resto de antropoideos (monos y simios), como es la vida en grupos sociales, y de dos características puramente humanas, como son la inteligencia abstracta y la capacidad del lenguaje. Mézclense todos esos ingredientes (grupo social, inteligencia abstracta y lenguaje), y tenemos un germen de civilización, que sólo necesita ser regado y alimentado convenientemente. Aunque eso no garantiza que el crecimiento sea el adecuado, claro, pero qué se le va a hacer. Nadie es perfecto, ni siquiera Dios, ya que si su obra (este mundo y este universo) va de la manera que va, uno tiene serias dudas sobre la perfección y la omnipotencia divinas. Pero ese es otro tema que, como diría el expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol, hoy no toca…

¿Cómo relaciono a los Boixos Nois con todo lo antedicho? Bueno, es más que evidente que el comportamiento de los miembros de los Boixos es social (van siempre en manada), y por tanto, dicho grupo cumple con una de las principales características de los antropoideos. De su capacidad para el lenguaje, rasgo intrínsecamente humano, tampoco cabe duda, al menos por el volumen de sus gritos, que aunque gritos (los chimpancés y los monos aulladores son un buen ejemplo de gritos no humanos), son plenamente articulados, y aunque con ellos expresan ideas más bien pobres en cuanto a contenido, no cabe negarles precisamente eso, un contenido. Aún es hora que un simio o un mono articule un simple “buenos días” con sonidos surgidos de su garganta. Por tanto, cabe reconocerles rasgos humanos en lo tocante a su capacidad de hablar.

Pero… ¿qué me dicen acerca de su capacidad para la inteligencia? Espero que estarán de acuerdo que es más que dudosa, aunque tampoco se les puede negar de forma absoluta. Me explico. Poseen una inteligencia de tipo primitivo, aunque abstracta. Verán. Uno solo de estos individuos adopta generalmente un comportamiento típicamente animal: huir ante el peligro. Entre algunos seres humanos se califica tal comportamiento como cobardía, pero reconozcan conmigo que todo animal, incluso el más fiero, por ejemplo el león, cuando se encuentra en inferioridad, huye, salvo que se le acorrale y no tenga más escapatoria que atacar. Pero incluso en ese caso, el animal no ataca como acto de valor y gallardía, sino porque no tiene más remedio. Algo parecido le pasa a un individuo de este tipo de grupúsculos cuando se encuentra aislado.

Cuando se reúnen en número reducido, entre dos y cuatro o cinco, adquieren algo de valor, pero sin ser realmente peligrosos. Se les podría calificar de simplemente “graciosos”, aunque maldita la gracia que le hace a usted o a mi ser blanco de sus burlas y sus risas. Pero, amigo, cuando superan ese número, cuando son más de cinco, su valor crece de manera exponencial, y se atreven con lo que haga falta. Y por descontado, no actúan igual cuando son 10 (ahí son bastante valientes) que cuando son 500, donde son prácticamente imparables, una fuerza de la naturaleza.

En este sentido, el comportamiento social de estos individuos recuerda grandemente al de las manadas ¿no les parece? Toda capacidad de raciocinio individual se elimina, salvo la del líder, no existiendo más voluntad que la suya. Cualquiera puede ser líder, pero generalmente no será el más inteligente, sino el más brutal de ellos. Todas las pautas de su comportamiento social obedecen más a patrones animales que humanos. Uno de esos patrones es el de la intolerancia con otros miembros de su misma especie. Un chimpancé puede admitir en su hábitat a otros animales no peligrosos (pájaros, elefantes, gacelas, cebras, etc.), pero será muy difícil que admita a otros chimpancés de grupos distintos al suyo. Los documentales nos enseñan con frecuencia como un grupo de chimpancés son capaces de matar a otro chimpancé sólo por no pertenecer a su propio grupo.

¡Coño! Como los aficionados ultras de los equipos de fútbol. Son lo mismito, lo mismito. Intolerantes para todo que no sea su propio submundo. Sus colores. Sus ideas. Sus amigos. Todo lo demás es territorio hostil y enemigo, y todo aquel ser humano que no pertenezca a su propio grupo es un enemigo en potencia. Me da igual si la etiqueta pone “Boixos Nois”, “Brigadas Blanquiazules”, “Ultra Sur”, “Frente Atlético” o “Nos hemos quedado sin cerebro”. En el fondo es lo mismo. ¿O acaso usted es capaz de distinguir entre dos chimpancés de distintos grupos?

En el fondo, creo que estamos ante las puertas de un descubrimiento científico de la mayor importancia. Si los aficionados ultras comparten características animales y humanas, pero sin desarrollar las humanas en el grado que sería deseable (tolerancia y respeto hacia los demás), ¿es acaso posible que nos hallemos frente al tan buscado, y nunca hallado, “eslabón perdido”?

Voy a ponerme serio por un momento. Si usted, que me está leyendo, es un ultra-aficionado al fútbol, seguramente estará muy enfadado conmigo, y probablemente tenga sus motivos. Se puede sentir usted insultado por mis palabras. Pero le invito a que haga un uso un poco más intensivo de su mejor capacidad humana, de su inteligencia abstracta. Cuando yo estaba en libertad, acostumbraba a llevar a mi hijo, de vez en cuando, a ver un buen partido de fútbol. A veces nuestro equipo perdía, otras ganaba, pero siempre nos lo pasábamos bastante bien con el ambiente y todo lo que rodea a un partido de fútbol, desde el desplazamiento hasta el bocadillo del descanso. Usted, aficionado ultra que se siente ofendido por mis palabras, y que tal vez, si pudiera, haría que me las tragara, ¿cómo cree que se siente un padre que no puede llevar a su hijo a un partido de fútbol por miedo a lo que les puede ocurrir si se encuentran con ustedes, o que simplemente, no desea que su hijo aprenda determinados valores, los de ustedes? ¿Es usted capaz de entender que su comportamiento me agrede a mi tanto como es posible que mis palabras le agredan a usted? Yo puedo retirar mis palabras, y reconocer que me he equivocado. ¿Puede usted, pueden ustedes, cambiar su comportamiento, y dejar de tirar bengalas? ¿Pueden dejar de insultar a otras aficiones tan respetables, o más, que la suya? ¿Pueden aceptar la diversidad como algo bueno y deseable? Joder, ¿no se dan cuenta que si todo el mundo fuera de su mismo equipo (Barça, Espanyol, Real Madrid, el que sea), el fútbol sería algo muy, muy, muy aburrido?

Un poco más de tolerancia nunca ha matado a nadie, que yo sepa. Las bengalas y los cohetes en los campos de fútbol, sí. Ese es uno de los aspectos de la intolerancia. Fin del capítulo primero.

Tema relacionado: Intolerancia (Capítulo II) Intolerancia (Capítulo III) Intolerancia (Capítulo IV) Intolerancia ( CapituloV y Último)